UNA MAESTRA EN LA EDUCACIÓN TERESA DE JESÚS

El 22 de julio de 1627 el papa Urbano VIII confirmó la
resolución de las Cortes de Castilla y León de nombrar
Patrona de España, juntamente con el apóstol Santiago, a
santa Teresa de Jesús. Era el agradecimiento del pueblo
español a la mujer que había encarnado a la perfección el
espíritu del Siglo de Oro, y que dejó una tan clara y sen-
cilla huella, que a través de los siglos seguiría impresio-
nando. Este influjo se trasmite no sólo a través de sus
escritos, sino también mediante la tradición oral. «Existen
todavía testigos, castellanos de nacimiento, que por boca
de sus madres, reciben los principios fundamentales reli-
giosos de santa Teresa como parte esencial de la educa-
ción cristiana que ellas les transmiten. Y lo hacen a través
de sus dichos, al estilo de Séneca, llenos de profundo
sentido, de optimismo y popular encanto. La cultura y los
conocimientos teológicos … , que el pueblo español todavía
guarda, -este pueblo alimentado con leche castellana de
la que recibe su fuerza-, vienen de ahí: no es exagerado
decir que única y exclusivamente se deben a santa
Teresa. Realmente, ella ha hecho propio el pensamiento
teológico que florecía en su época, y lo ha llevado a plena
madurez; le ha dado la forma, el color y la vida, que en su

típico modo de hablar llega a la expresión de la que las
almas de nuestro tiempo toman parte’». Esta breve des-
cripción nos muestra a la gran madre que ha criado a su
pueblo.

El 4 de marzo de 1922 el claustro de profesores de la
Universidad de Salamanca acordó unánimemente conce-
der el honor del Doctorado a la santa Patrona de la
Nación, con motivo del 300 aniversario de su canoniza-
ción. Propiamente no ha sido declarada Doctora de la
lqlesia» (ella misma que frecuentemente se decía «igno-
rante mujer» hubiese sido la primera en levantarse contra
tan honroso título; sin embargo, con ocasión del tercer
centenario de su beatificación (1914) el papa Pío X decla-
raba: «Con razón la Iglesia le ha reconocido el honor que
se concede a los Doctores, pues en su liturgia pide a Dios:
concédenos alimentarnos siempre con su celestial doctri-
na, para que crezca en nosotros el deseo de la verdadera
santidad’». Como maestra de la Teología Mística ha logra-
do un gran prestigio en toda la Iglesia.

Fray Luis de León, sabio agustino coetáneo de nues-
tra Santa Madre y primer editor de sus obras», escribe en
la introducción a la edición: «Yo no conocí, ni vi, a la
madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, mas
ahora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre
en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus
hijas, y sus libros, que a mi juicio son también testigos fie-
les y mayores de toda excepción de su grande virtud».

La Reformadora de la Orden de la Bienaventurada
Virgen del Monte Carmelo era una maestra del arte de la
educación: un arte mucho más elevado, cuyo material no
es madera ni piedra, sino que son las vivas almas de los
hombres.

En mi introducción he adelantado algunos testimonios
altamente expresivos, que nos ponen delante de los ojos
a la Santa Madre Teresa de Jesús, como educadora,
maestra, formadora de hombres. No hemos de hablar
aquí acerca de la Maestra de la Mística Teología. Sobre
ello hay ya muchos libros escritos; por otra parte no sería
posible describir su imagen en unas pocas páginas.
Vamos a hablar de la educadora y de la formadora.

Antes de nada, quiero fijar los diversos significados de
los conceptos de enseñar, dirigir, educar, formar que aquí
se han de emplear. Quien trabaja en el campo de la edu-
cación sabe que la necesaria distinción mental no corres-
ponde a una estricta separación en la realidad de la vida.
Por enseñar entiendo yo cuando el entendimiento es con-
ducido a nuevos contenidos, o cuando cualquiera otra
facultad humana es decisivamente formada mediante el
ejercicio. Dirigir y educar dependen estrechamente uno de
otro, de tal manera que en ambos la voluntad es orienta-
da hacia un objetivo. Se trata, sin embargo, en el primer
caso, más bien de ir adelante, hacia una meta conocida;
no se trata todavía de un conocimiento y trabajo planea-
dos de la voluntad, para hacer posible día a día la conse-
cución del objetivo, como sucede en la educación. Más
profundo que los otros es el significado que yo quiero dar
a esta palabra de formación: mientras que las otras activi-
dades se dirigen a las capacidades del hombre, ésta se
dirige al alma misma, a su sustancia, para formarla a ella
y en consecuencia a toda la persona.

  1. Liderazgo natural

Podrá llegar a ser maestro en el arte de la educación
sólo aquel que por naturaleza ha nacido para dirigir. Tal es
el caso de Teresa. Poseía ella visión clara del espíritu, que
decididamente emprende altos objetivos; pasión de cora-
zón
, que vivamente se esfuerza y hace suya su profunda
interioridad; voluntad siempre dispuesta, que inmediata-
mente se empeña en algo que ha conocido como digno de
aspiración; espíritu de grupo, que aquello que para sí
tiene como bueno a lo que aspirar o poseer, inmediata-
mente desea que llegue a los demás; y poder de encanto
sobre las almas,
que sin reservas a ella se le entregan.

Todo ello lo demuestra la bien conocida narración de
su deseo infantil por el martirio. Leía con su hermano
Rodrigo, algo mayor que ella, en sus años queridos, las
historias de la vida de los santos: «Como veía los marti-
rios que por Dios las santas pasaban, parecíame compra-
ban muy barato el ir a gozar de Dios y deseaba yo mucho
morir así, no por amor que yo entendiese tenerle, sino por
gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber
en el cielo, y juntábame con este mi hermano a tratar qué
medio habría para esto. Concertábamos irnos a tierra de
moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos des-
cabezasen … el tener padres nos parecía el mayor emba-
razo»(V 1, 4).

Más allá de estas reflexiones su pensamiento se cen-
traba en la eternidad de la gloria: «Acaecíanos estar
muchos ratos tratando de esto y gustábamos de decir
muchas veces: [para siempre, siempre, siempre!»(V 1,4).
Y los dos pequeños de hecho se pusieron en camino.
Ciertamente no llegaron lejos. Su tío Don Francisco los
encontró y, con gran contrariedad para los niños, los llevó
de nuevo a la casa de sus padres.

Esta infantil estratagema nos recuerda el suceso que
acompaña la entrada de la joven muchacha en el conven-
to. Había estado pasando algunos días con su piadoso tío
Pedro Sánchez de Cepeda para leerle en sus libros espi-
rituales: «Aunque fueron los días que estuve pocos, con la
fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así
leídas como oídas, y la buena compañía, vine a ir enten-
diendo la verdad de cuando niña, de que no era todo
nada, y la vanidad del mundo y cómo acababa en breve,
y a temer, si me hubiera muerto, cómo me iba al infierno.
y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser
monja, vi era el mejor y más seguro estado, y así poco a
poco me determiné a forzarme para tomarle»(V 3,5). «En
esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma …
Leía en las Epístolas de San Jerónimo, que me animaban
de suerte que me animé a decirlo a mi padre … Era tanto
lo que me quería que en ninguna manera lo pude acabar
con….. Lo que más se pudo acabar con él fue que des-
pués de sus días haría lo que quisiese. Yo ya me temía a
mí y a mi flaqueza no tornase atrás, y así no me pareció
me convenía esto, y procurélo por otra vía … »(V 3, 6-7).
«En estos días que andaba con estas determinaciones,
había persuadido a un hermano mío a que se metiese frai-
les, diciéndole la vanidad del mundo, y concertamos
entrambos de irnos un día muy de mañana al monaste-
rio … Acuérdaseme, a todo mi parecer y con verdad, que
cuando salí de casa de mi padre no creo será más el sen-
timiento cuando me muera; porque me parece cada hueso
se me apartaba por sí, que, como no había amor de Dios
que quitase el amor del padre y parientes, era todo

çhaciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me
ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelan-
te. Aquí me dio ánimo contra mí de manera que lo puse
por obra-tv 4, 1).

Aunque el influjo de Teresa no fue siempre tan profun-
do como en los dos casos señalados, se extendió amplia-
mente más allá del círculo familiar. La ya crecida mucha-
cha, mediante el atractivo de su amor, mediante su vivo y
animoso espíritu, mediante su voluntad de disponibilidad,
llegaba a las otras personas, y de cualquier modo posible
las alegraba, y era el punto central de un grupo de jóve-
nes familiares y amigas. La religiosa era requerida por
muchos visitantes en el locutorio, y por señoras distingui-
das era invitada a las casas. (Las dos cosas eran permiti-
das por la regla mitigada que regía en la Encarnación).

Su natural liderazgo fue elevado mediante la gracia.

Aunque el motivo fundamental de su entrada en el con-
vento fue el temor, muy pronto se fue transformando en un
ardiente amor a Dios con la experiencia de una interior
alegría que el Señor la regalaba por su sacrificio. La joven
religiosa será llevada por el camino de la oración interior.
Descubre en el interior de su alma un mundo, de cuya
riqueza hasta ahora no había ni sospechado. Aprende a
descubrir a Dios en lo más interior de su alma y a entablar
con él un trato confiado. Por propia experiencia descubre
las palabras de san Agustín: «Noli foras ire, intra in te
ipsum; in interiore hominis habitat veritas» (<<No vayas
fuera; entra en ti mismo; en el interior del hombre habita
la Verdad»).

Muchos años luchó Teresa entre la tendencia hacia la
total entrega a Dios en la oración personal y la costumbre
de cultivar el amistoso trato con los hombres. A pesar de
todo, tan pronto como dio los primeros pasos en el cami-
no de la oración interior, se esforzó en animar a los otros

a lo mismo. Su piadoso padre, que pronto se había con-
formado con la definitiva entrada en el convento, fue pron-
to su más querido discípulo. Tan eficaz fue en él la obra
de su enseñanza, que se mantuvo firme en el camino ini-
ciado, cuando su hija, confundida por algunas contrarie-
dades, por largo tiempo permaneció infiel a ese camino.

Por influjo de la oración, la práctica de las virtudes
había supuesto un importante avance en el alma de la
joven religiosa. También en ello debían seguirle las perso-
nas que la rodeaban. Se propuso como algo fundamental
no hablar nunca mal de nadie que estuviese ausente, y lo
enseñó así a sus parientes y conocidos. Pronto fue
comúnmente sabido que nadie había de temer nada de
ella ni de sus amigas.

Desde que su amistad con Dios estuvo afianzada, no
podía haber un mayor sufrimiento para ella, que saber que
un hombre se encontraba en pecado grave. Cuando ella
misma no mucho tiempo después de su entrada en el con-
vento enfermó gravemente, y fue necesario trasladarla a
otro lugar, el sacerdote del lugar, con quien se confesaba,
conmovió la pureza de su alma, al comunicarle que él
mismo desde hacía mucho tiempo se encontraba en
pecado grave. Entonces no descansó hasta que consiguió
que se apartase de esas relaciones pecaminosas. Al año
siguiente de haberla conocido murió, y fue para él la pre-
paración para una buena muerte (Cfr. V 5, 6).

SANTA TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ

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